• Fede Supervielle

Operaciones especiales: abordaje por la fuerza para requisar quince misiles de crucero

Actualizado: may 24

En su día hablamos de operaciones especiales contra la piratería. El evento que os traigo hoy también tiene por protagonistas a los operadores de la Armada Española. Incluso comparte zona geográfica con el rescate de Evelyn Colombo pero, además de los diez años que separan ambas intervenciones, tiene otra diferencia fundamental. En lugar de unos pobres piratuchos armados con AK-47, el objetivo del asalto que os voy a contar era nada menos que quince misiles balísticos.


Quizás por el tiempo que ha transcurrido, quizás porque el Ministerio de Defensa aportó bastante información del incidente al poco de que ocurriera o quizás por otras razones, se conoce con bastante precisión la secuencia de acontecimientos que intentaremos reflejar a continuación. Al final dejaremos una lista con las fuentes.


Los actores

La Task Force 150 es una fuerza naval multinacional que tiene como objetivo luchar contra el terrorismo en aguas del Mar Rojo, Golfo de Adén, Océano Índico y Golfo de Omán. Esta fuerza, que opera en una de las zonas de mayor tráfico marítimo del mundo, está integrada dentro de las Combined Maritime Forces, una fuerza multinacional en la que participan 33 países y que tiene su base en Bahrein. Las otras dos Task Force que componen las CMF son la 151 y la 152. La primera se encarga de luchar contra la piratería, para lo que suele coordinarse con la fuerza naval europea que participa en la operación Atalanta; y la segunda se encarga de la seguridad marítima en el Golfo Pérsico.

En diciembre de 2002, el comandante de la Task Force 150 (CTF-150) era el contralmirante español Juan Moreno Susanna, que enarbolaba su insignia en la fragata Navarra, a las órdenes del capitán de fragata Gonzalo Rodríguez Garat. El buque de aprovisionamiento en combate Patiño, mandado por el capitán de navío Javier Pery Paredes, también estaba integrado en la fuerza multinacional. La Navarra llevaba a bordo a su habitual —y mortífera— pareja de baile: un Seahawk de la Décima Escuadrilla de Aeronaves. Por su parte, el Patiño contaba con un Seaking de la Quinta que, como veremos, también fue esencial en el desarrollo de los acontecimientos.



Antes de continuar, pongámonos un momento en situación: diciembre de 2002. Poco más de un año después del 11-S, meses antes de la invasión de Irak y con las fuerzas estadounidenses empeñadas en Afganistán. ¿Nos suena «Guerra Global contra el Terror»? Pues eso.


La llamada a la acción

A principios de diciembre la CMF recibe información de un barco sospechoso de tráfico ilícito de armas. Su nombre es So San, está supuestamente abanderado en Camboya y lleva un cargamento declarado de sacos de cemento. ¿Tráfico de armas y en su zona de operaciones? Más claro, agua: blanco para la fuerza del contralmirante Moreno.


Durante el fin de semana del puente de la Inmaculada (viva nuestra fiel infantería) la operación va tomando forma. El gobierno concede las reglas de enfrentamiento oportunas. El sábado un avión de patrulla marítima P-3 Orión del Ejército del Aire destacado en Yibuti localiza al So San navegando en las inmediaciones —entiéndase el término en el contexto de la inmensidad del océano— de la isla de Socotora, que se encuentra a levante del Cuerno de África pero pertenece a Yemen. Mola el nombre, ¿verdad? Pues estáis invitados al bautizo: Operación Socotora. Vamos a ver cómo la niña da sus primeros pasos.


Primeros compases

Con las primeras luces del alba del lunes 9 de diciembre, la pequeña —pero potente— escuadra española intercepta al So San. Y ya se dan las primeras señales de que algo no va bien: el carguero está notablemente asentado, es decir, con la popa mucho más hundida que la proa. Pero es que además navega sin bandera, algo terminantemente prohibido por la Convención de Jamaica y que, por sí solo, es motivo suficiente para que un barco de guerra pueda abordarlo en aguas internacionales.


Comienza el juego.


La Navarra, buque insignia, llevará la voz cantante mientras el Patiño le da apoyo. La fragata española comienza a llamar al carguero, que se vale de todas las tretas posibles para retrasar o impedir el abordaje. El inglés que utilizan es malísimo, quizás para dificultarlo aun más, quizás por mero desconocimiento. Pero el inglés es el idioma oficial en alta mar; eso no es excusa. Tardan en contestar, indican que su cargamento es cemento, que se dirigen a Yemen y, finalmente, se niegan a cumplir las instrucciones de la Navarra: reducir velocidad para facilitar una visita y registro por parte de los marinos españoles. Según algunas fuentes, incluso aumentó velocidad.


Hagamos un inciso para una aclaración. Las visitas —rutinarias o no— por parte de barcos de Estado a otros barcos se suelen realizar en las pequeñas embarcaciones de aquellos. Para el que no haya tenido la «suerte» de verse en la situación, aproximarse al costado de un bicho que desplaza unos pocos miles de toneladas con una pequeña embarcación semirrígida de siete metros de eslora no es moco de pavo. Sobre todo, teniendo en cuenta que no es solo pegarse, sino que hay que mantenerse ahí un rato mientras el equipo de abordaje pasa al barco. Que, evidentemente, tendrá que haber preparado una escala al efecto si no queremos complicar las cosas. Vale. Pues a todo eso sumarle que el bicho ese se mueve a más de diez nudos. No parece mucho, ¿verdad? Menos de 20 km/h. Pues os aseguro que levanta una ola de cuidado. Así que si el tío no para… hay que buscar una solución.


Por cierto, a nadie hay que explicarle que, si no para, por algo será. Vamos, que un poli tiene claro que cuando el sospechoso sale corriendo, pasa de sospechoso a algo más. Pues lo mismo. Probablemente ya vas con otra mentalidad.


Entra la percusión

Las órdenes eran claras y las reglas de enfrentamiento lo permitían. Había que parar al So San y el contralmirante Moreno tenía los medios necesarios a su disposición.


La Navarra avisó por radio de que tomaría las medidas oportunas para detener al So San. El propio comandante cogió la radio para dar los últimos avisos: o cumplían sus instrucciones o abrirían fuego.


El mercante continuó a rumbo, aparentemente impertérrito.


Habiendo cumplimentado el procedimiento, la Navarra abrió fuego de disuasión contra el So San. Una de las ametralladoras de pequeño calibre provocó varios piques en el agua, por la proa del carguero.



Aquello no fue suficiente.


La fragata española repitió el procedimiento. Otra vez los avisos, otra vez una ametralladora lista para abrir fuego y, esta vez, columnas de agua mucho más cerca de la proa del So San.


Nada.


Ni el más mínimo cambio de rumbo. Ni la más mínima disminución de velocidad.


Pero la fuerza española está lejos de dejarse amedrentar. Continuando con la escalada progresiva de la fuerza, se abre fuego con armas de pequeño calibre sobre la proa y la popa del carguero. La chimenea amarilla del mercante parecía un colador. Los puntos más alejados de su tripulación, pero mandando un mensaje claro: llegaremos hasta el final.


El So San hizo caso omiso de los avisos. Imaginad lo que debían de estar pensando los marinos españoles. Algo muy gordo tenía que ocultarse en las bodegas del carguero para que se arriesgara a llevarse un cañonazo.


El asalto tenía que hacerse. La actitud del So San era consistente con los informes de inteligencia que tenía la fuerza. Descartadas las embarcaciones, solo quedaba una opción: los ángeles de la guarda pintados en gris naval estaban a punto de entrar en acción.


Clímax

Los mandos españoles deciden que se realizará un asalto helitransportado sobre el So San. La fuerza al mando del contralmirante Moreno disponía de dos helicópteros en la escena, así que estos se repartirían el trabajo. El Seaking, mejor preparado para transportar tropas, llevaría a los miembros de la unidad de operaciones especiales, que debían descender a la cubierta del mercante mediante la técnica del fast rope o cuerda rápida, es decir, dejándose caer agarrados a una estacha que cuelga del aparato. El Seahawk, quizás más maniobrable o, al menos, con mejor reserva de potencia, daría cobertura de fuego con su ametralladora GAU de 12,7mm. Esta es, básicamente, una adaptación de la famosa Browning del calibre que los americanos llaman fifty (0,50 pulgadas).


Pero había un ligero inconveniente. Si os habéis fijado, varios cables atravesaban la cubierta del So San. Uno de ellos unía el palo de proa con la cubierta cerca del puente, bloqueando el único punto sobre el que se podía hacer la inserción. Hacerlo desde más arriba habría sido una locura, con la posibilidad de que los infantes quedaran enganchados en el cable.


El problema tenía difícil solución, hasta que alguien (¡mi reino por saber quién!) debió de proponer cercenar los cables en la distancia. ¿Cómo? Darle a los cables hubiese sido harto complicado. Pensemos que ambos barcos se mecían al son de las olas del Índico.


Pero había una solución: los tiradores de la unidad de operaciones especiales apuntaron sus fusiles a las pastecas por las que corrían estos cables y, tras una serie de disparos, consiguieron quitárselos de en medio. ¡Impactaron a una pequeña roldana en movimiento desde una posición que también se movía! ¡Repetidas veces! Es difícil transmitir la dificultad de estos disparos. Si a alguien le interesa el tema, le recomiendo la película de American Sniper. O, mejor, el libro.



Parece que se empezaban a dar los condicionantes para el asalto, pero no olvidemos la situación. Tenemos un barco que se niega a detenerse, que navega a un rumbo que le provoca bastante balance (se ve en el vídeo) y que el único espacio libre que tiene para meter un helicóptero es entre dos palos. Estamos hablando de que los pilotos tuvieron que meter un trasto de diez toneladas y más de quince metros de arco rotor en el hueco dejado por dos palos que se movían (y la Física nos dice que el pequeño balance del barco en la superficie generaba un movimiento importante veinte metros más arriba) mientras que se tenían que desplazar lateralmente a la misma velocidad que el barco y con cuidado de ajustar su posición para no tirar al agua —o a algún sitio peor— a los hombres que se iban a descolgar.



Pues eso mismo hicieron.



Sin un percance.



El almirante español declaró posteriormente haber dado órdenes de abatir a cualquier miembro de la tripulación del mercante que asomara la cabeza en los pocos, pero delicados, segundos que el helicóptero bailó delante del puente del So San con los siete asaltantes deslizándose por la estacha. Se trataba de una maniobra altamente delicada en la que eran muy vulnerables.


El equipo de asalto, siete hombres incluyendo su líder, se dirigió a la popa del So San, desde donde ascendió hacia el puente. Imaginaros la tensión en la Navarra y el Seahawk que les estaban cubriendo. Docenas de pares de ojos y unas pocas miras buscando como locos una amenaza para sus compañeros. Un blanco para abatir.


Por suerte, los tripulantes del So San no cometieron ninguna estupidez. El equipo de asalto encontró a los 21 norcoreanos en el puente y, tras asegurarlo, su primera reacción fue bajar velocidad. Eso permitió que se abarloara una embarcación con el resto de operadores y, a continuación, el elemento de registro del Trozo de la Navarra, que serían los encargados de registrar el barco.



Desenlace

El registro del So San evidenció que, efectivamente, llevaba un importante cargamento de cemento. Pero también llevaba algo que no estaba en su manifiesto de carga. Ocultos en 26 contenedores se encontraban quince misiles SCUD completos con sus quince cabezas de combate convencionales, además de productos químicos cuyo objeto se desconoce. El capitán había escondido los pasaportes de sus hombres —muchos más de los que se necesitan para marinar un barco de esas características— en una maleta y habían retirado los retratos de Kim Jong-Il y Kim Jong-Un que poblaban el barco para intentar evitar ser reconocidos como norcoreanos.



La Navarra constituyó una dotación de presa para marinar el barco mientras se coordinaba quién y dónde se iba a hacer cargo de él. Al día siguiente, varios barcos norteamericanos aparecieron en la escena y la historia del So San continuó por otros derroteros. Pero no es eso de lo que he venido a hablaros hoy, sino de una operación de interdicción marítima realizada a la perfección, aunando medios de distintos ámbitos de la Armada: una fragata, un petrolero, dos helicópteros y los infantes de la unidad de operaciones especiales. Varios cientos de hombres que cumplieron con su misión a la perfección y dejaron el pabellón español bien alto.



Mi más sentido reconocimiento, compañeros.



¡Un saludo, dotación!

P.D.: en este blog suelo escribir sobre temas marítimos y navales. Si no quieres perderte más entradas de este tipo (solo de este tipo, no te bombardearé con otras cosas) y recibirlas en primicia, pincha aquí. Ah, y este tipo de historias son la inspiración para la razón de ser de esta web.

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Bibliografía

© 2020 de Federico Supervielle Bergés

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