• Fede Supervielle

¿Pocos misiles en las F110? Defensa antimisil (ASMD) en la Armada Española

Actualizado: hace 2 días

El Eilat, el Sheffield, la Stark. Tres testimonios inequívocos de que los misiles son una de las grandes amenazas modernas en el ámbito naval. El Mason podría haber sido un cuarto de no ser por su capacidad antimisil y, precisamente, de eso vamos a hablar hoy.

El Styx y los Exocet demostraron su eficacia, pero el ¿C-802 Saccade? fue derrotado por las capacidades del destructor Aegis estadounidense. ¿Qué permitió al Mason salir indemne de tres ataques de misiles en una semana mientras que la fragata de su misma marina y los destructores israelí y británico sufrieron impactos de misiles antibuque, mandando a estos dos últimos al fondo?


Hay quien, obviando que iban tripulados, considera a los kamikazes los primeros misiles, ya que eran guiados hasta hacer impacto. Desde entonces, la tecnología ha evolucionado enormemente: los misiles soviéticos y sus bombarderos de largo alcance llevaron a los EE.UU. a desarrollar la que se conoció como familia de misiles 3-T (Maiorano, Carr y Bender, 1996, p. 24): Talos (largo alcance), Terrier (medio) y Tartar (corto), primeros pasos en una capacidad que se ha tornado fundamental en cualquier marina de guerra. La enorme ventaja de velocidad del misil sobre el barco y lo relativamente pequeño de aquellos (alrededor de 0,1 m2 de frente), los convierte en una de las mayores amenaza para las marinas de guerra.


El misil, al ser no tripulado, tiene una diferencia fundamental con el bombardeo con avión y es que, en este caso, la simple densidad del fuego antiaéreo, aunque no fuera efectivo, podía disuadir o, al menos, molestar lo suficiente al piloto para impedir un ataque efectivo (Kumar, 1990, p. 1). El misil, desconocedor de que le están disparando, continuará hacia nosotros hasta hacer impacto, ser destruido, dirigirse a otro blanco o agotar su combustible. Esto ha hecho que el arma antimisil por excelencia sea… el propio misil, aunque vamos a intentar explicar que hay otros métodos tanto o más efectivos.


Las características de los misiles modernos, entre las que podemos incluir el lanzamiento desde más allá del horizonte, el vuelo rasante, su precisión, el poco tiempo de reacción desde la detección, la posibilidad de lanzar ataques coordinados y lo difíciles de detectar que son, hacen que el equilibrio misil-ASMD (anti-ship missile defense o defensa contra misiles antibuque) no esté claro (Jensen, 2019), ya que las defensas cada vez son más profundas y variadas, pero los misiles más rápidos y listos. La escasez de datos reales hace muy difícil evaluar las capacidades en combate de unos y otros actuando, por ejemplo, en un entorno electromagnético saturado o contestado.


Por último, no podemos olvidar la proliferación de misiles antibuque que se produjo tras la caída del Muro de Berlín (Karasakal, 2004, p. 1), que los ha llevado a manos, no solo de muchos más países, sino también de organizaciones no estatales, como los rebeldes hutíes de Yemen, que ya han lanzado varios, algunos con éxito, como contra el Swift.


En este artículo vamos a detallar en qué consiste la amenaza para los barcos materializada en forma de misil, cómo se defienden los barcos —y los grupos de barcos— de ella, las capacidades actuales de la Armada Española y unas propuestas para mejorarlas. Como se trata de un tema delicado, en el que gran parte de la información puede estar clasificada, he intentado hacer un importante esfuerzo de investigación y, como siempre, la información reflejada se puede encontrar en fuentes abiertas (reunida al final, en la bibliografía). Para dejar claro de dónde saco los datos, he utilizado el sistema APA de citas. Que mis lectores habituales no se asusten; a pesar de esta aparente deriva académica, intentaré mantener el estilo didáctico e informal que procuro que caracterice este blog.



La amenaza

«Creer que un enemigo débil no puede dañarnos es creer que una chispa no puede causar un incendio»

— Saadi —


El estudio de cualquier problema militar comienza por el análisis de la amenaza. Partiendo de la base de que todos, intuitivamente, sabemos lo que es un misil (proyectil autopropulsado y guiado), vamos a intentar ver cómo son los misiles antibuque y las características —las que podemos conocer— de algunos de los más habituales hoy en día.


Los misiles antibuque modernos se pueden lanzar desde otros barcos, aeronaves, submarinos o desde tierra, y la mayoría de los diseños actuales se usan para más de una de estas opciones. Es importante conocer la plataforma lanzadora, pues aunque el misil sea el mismo, su alcance (y, posiblemente, otras características) se verán afectados. A priori, mi misil va a llegar más lejos si lo lanzo desde un avión (por la altura y velocidad inicial) que si lo lanzo desde el nivel del mar. Por supuesto, en función de la plataforma lanzadora, organizaré mi defensa de una forma distinta, pero eso lo dejamos para el siguiente apartado.


Incluso al que no le gusta la historia sabe que las armas siempre han buscado las vulnerabilidades defensivas para explotarlas. Esto es válido desde la espada y el escudo hasta el misil y la ASMD. Los misiles antibuque modernos son más difíciles de detectar (firma radárica e infrarroja reducida), vuelan mucho más alto o mucho más bajo (buscando los sectores ciegos de los sensores enemigos), son más rápidos y maniobrables, usan distintos tipos de guía (muchas veces, combinadas), utilizan contramedidas avanzadas para librar las defensas enemigas, son más duros y llevan las partes sensibles protegidas y, mediante waypoints o puntos de paso se pueden coordinar para llegar varios a la vez sobre el objetivo (Ousborne, 1993, p. 127).


Parémonos un momento a conocer los tipos de guiado (FAS, s.f.), ya que tenemos que comprenderlos, no solo para conocer la amenaza, sino para saber cómo defendernos (que es, obviamente, para lo que queremos conocer la amenaza).


La guía del misil varía según la fase del vuelo en la que se encuentre: boost (impulso), midcourse (intermedia) o terminal. Durante la primera fase, cuyo objetivo no es otro que enlazar con el sistema de guiado y control y/o alcanzar una posición ventajosa desde la que lanzarse sobre el blanco, puede ser que el misil no esté guiado (salga recto hacia donde apunte la celda o canasta) o sí. La segunda fase es la más larga y —obviamente— se trata de llevar el misil desde donde acaba la fase de impulso inicial hasta las proximidades del blanco, donde la guía terminal se hace cargo. La tercera fase es la más crítica, pues requiere mayor precisión y respuestas rápidas por parte del misil. Los misiles antibuque tienen la ventaja de que sus blancos son lentos y grandes, pero, como veremos después, no está de más resaltar que los misiles antiaéreos tienen que ser muy ágiles y rápidos para lograr hacer impacto.



Los misiles pueden ir guiados por un sistema externo (control guidance), generalmente en el propio sistema de lanzamiento, pero que puede estar en otra plataforma; o por los propios sistemas del misil (homing guidance). Para entendernos y disfrutar del precioso idioma que tenemos, he decido bautizarlos exoguiados y autoguiados, respectivamente.


Como es lógico, para poder guiarlo desde fuera, el sistema de guiado tiene que ver al blanco. La limitación en distancia que esto supone cuando el blanco (un barco) está en la superficie, ha hecho que los misiles antibuque modernos tiendan a ser autoguiados.

Los misiles guiados desde fuera pueden serlo por radar o por radio, siendo más habitual el primer sistema. Uno o más radares se usan para seguir tanto al misil como al blanco y un calculador averigua el rumbo y velocidad que tiene que poner el misil al que está controlando para impactar contra el blanco, transmitiéndole estas órdenes al misil (por radar o por radio). Así, en el misil «solo» tiene que haber un receptor y actuadores para las superficies controladoras (aletas), además de combustible y carga explosiva. Aquí también incluiríamos los misiles controlados por cable, aunque no tienen aplicación naval.


Existe un método de exoguiado alternativo denominado «a caballo del haz». Simplificando, este método consiste en que el misil vaya siempre dentro del haz (el «chorro» de energía electromagnética) del radar que está siguiendo el blanco. El misil, realmente, no sabe dónde va; solo que tiene que ir por ahí. Así, es el radar de seguimiento, desde tierra, el barco o donde esté, el que guía. Este sistema tiene la ventaja de que varios misiles pueden ir a caballo del mismo haz, sin necesitar de enlaces punto a punto con cada uno de ellos.


Los métodos de autoguiado pueden usar la radiofrecuencia (el más habitual entre los que nos competen), el espectro infrarrojo, el láser, el espectro visible e, incluso, el sonido. Pueden explotar estos métodos de forma activa (emitiendo algo) o pasiva (solo «escuchando»). Como hemos dicho, los misiles antibuque suelen ser autoguiados, así que vamos a dar algunos detalles sobre cada tipo.


  • Misiles activos: el propio misil contiene un elemento transmisor, un elemento receptor y un ordenador que deshace las posiciones relativas de misil y blanco y da órdenes de guiado. Los más habituales (antibuque) son radáricos, aunque también los hay infrarrojos. La limitación de espacio limita la potencia de salida y obliga a usar frecuencias altas, provocando alcances muy cortos. Por eso, es común que se use solo en la fase terminal.

  • Misiles semiactivos: en este caso, el misil no contiene elemento transmisor, sino que este está en el lanzador (u otro sistema) y el misil solo tiene receptor y ordenador de guiado. Tiene la ventaja de que se puede emitir una señal más potente, pero estará limitado por el horizonte radar del lanzador (u otro sistema). Es el guiado habitual en los misiles antiaéreos (por ejemplo, la familia Standard), que se pueden usar en modo antibuque.

  • Misiles pasivos: los misiles pasivos utilizan las emisiones provocadas por el blanco para guiarse. Los antibuque suelen usar la radiofrecuencia (misiles antiradiación) o el infrarrojo. Tienen la desventaja de que, si el blanco deja de emitir, pierden la guía. Por ejemplo, ante un ataque solo de misiles antiradiación, podríamos apagar nuestros radares y se irían al agua. Ahora bien, como venga algún activo o semiactivo con ellos…

  • Guiado por retransmisión (esto es mi traducción de Retransmission Homing o Track Via Missile (TVM)): este es una mezcla de autoguiado y exoguiado. El misil lleva un sistema semiactivo, pero transmite la información recibida al lanzador (u otro sistema), que es el que le devuelve las órdenes de dirección. Es el que usan los Patriot.

Como hemos visto, todos los sistemas tienen sus ventajas y sus inconvenientes, por lo que no debería sorprendernos que se use más de uno en un mismo misil. Esto los hace más robustos y es más difícil defenderse de ellos. Un misil radárico que cuente con el famoso homing on jamming (guiado hacia la perturbación) podría decirse que es un misil con un sistema de guiado combinado o dual, pues puede usar cualquiera de los dos. También podemos considerar el HOJ como una contracontramedida, pero eso lo veremos más adelante.


Las peculiaridades de los misiles antibuque (grandes alcances, blancos lentos) hacen que, en la fase intermedia, las necesidades de guiado sean escasas. Para esta fase se suele contar con una serie de sistemas que citamos a continuación. Estos sistemas van siempre incluidos dentro del propio misil, para permitirle operar independientemente y no depender de la plataforma lanzadora, logrando mayores alcances. Así se convierten en los misiles que se conocen como «dispara y olvida» (fire and forget).


  • Guiado preconfigurado (preset guidance): en este caso, todos los datos (no solo posición final deseada, sino también la trayectoria a describir) se calculan antes del lanzamiento y el misil solo tiene que dar las órdenes pertinentes a las superficies de control y activar la fase de guiado terminal.

  • Guiado inercial: una mejora del anterior; utiliza acelerómetros y giróscopos para saber dónde está en cada momento y corregir los posibles desvíos.

  • Guiado celeste: utiliza la posición conocida de los astros para situarse. Es compleja, pues el misil tiene que llevar aparatos para localizar, seguir y medir ángulos de los astros. Y volar por encima de las nubes. Se usa en misiles balísticos.


Existen otros métodos de guiado, como el TERCOM (seguimiento del terreno) que, como no son aplicables a nuestro problema, obviaremos.


Ahora que sabemos cómo hacen los misiles para llegar hasta nosotros, nos falta conocer cómo llegan hasta nosotros. Inicialmente, los misiles antibuque eran subsónicos, es decir, se movían por debajo de la velocidad de sonido. Por razones que no voy a enrollarme explicando, romper la barrera del sonido era poco práctico, así que la mayoría de los misiles antibuque volaban un poquito por debajo de la velocidad del sonido, alrededor de los 600 nudos. En la tabla con la que cierro este apartado veremos algunos ejemplos.


Otro elemento crítico es la altura de vuelo. Los marinos no nos podemos permitir el lujo de ser terraplanistas (fue uno de los nuestros el que demostró «toda la redondez» de la tierra hace 499 años) y sabemos que aquello que esté debajo del horizonte, no lo veremos. Así que, si el misil viene muy cerquita del agua, no lo podremos detectar hasta que salga por encima del horizonte. Esa distancia se obtiene de un «sencillo» cálculo de trigonometría esférica. Dependerá, obviamente, de la altura de nuestro sensor (radar, equipo de guerra electrónica u otro), pero digamos que, a rasgos generales, podemos esperar detecciones entre la milla 10 y la 15 (Kumar, 1990, p. 3). Ahora el cálculo es más sencillo: velocidad igual a espacio partido por tiempo. Entre sesenta y noventa segundos desde el momento de detección hasta que nos convirtamos en una horrorosa lección aprendida para los que vengan detrás.


Distancias de detección (Ousborne, 1993, p. 133)

Aunque no está directamente relacionado con la amenaza, merece la pena decir que esta es una de las razones principales del uso de radares de apuntamiento electrónico. Un radar de búsqueda de apuntamiento mecánico, para buscar a gran distancia, necesita girar despacio (para la explicación, visitar el post de guerra electrónica). Suponiendo una velocidad de giro de una vuelta por segundo (bastante rápido) el misil habrá recorrido 330 yardas (unos 300 metros) entre un barrido y otro. Con una velocidad de giro menor, pongamos, de seis segundos, el misil puede avanzar casi dos kilómetros desde el horizonte sin que lo veamos. Y eso solo será el primer barrido. El radar necesitará de alguno más para poder estar seguro de que ahí hay algo. Los radares de apuntamiento electrónico (como el SPY-1D de las F100 y el SPY-7 de las futuras F110) permiten refrescar mucho más rápido los contactos, pues no tienen que esperar a que la antena dé la vuelta.


Detección de misiles antibuque (Ousborne, 1993, p. 127)

Además de venir muy bajito (entre tres y cinco metros) para que no los veamos, los misiles también pueden venir muy alto, buscando sectores ciegos cerca de la vertical. Aparte de que entrando con ese ángulo pueden coger mucha más velocidad por aquello de la manzana de Newton y tal… No es habitual en misiles antibuque tácticos, pero podemos verlo en misiles balísticos o semibalísticos.


Además, se conoce que hay misiles con la capacidad de volver a buscar el blanco si lo pasan (por error o porque este los engañe; luego te explico cómo), hacen una jugarreta denominada pop-up para dificultar la última defensa del barco y se calcula que, a simple vista, no se ven hasta que está a unas 5 millas (30 segundos si es subsónico) (Kumar, 1990, p. 8). Y, por supuesto, ya hay misiles antibuque supersónicos.


Veamos algunos ejemplos con datos de fuentes abiertas (ComNavOps, 2018a):



Evidentemente, para lograr lanzar un misil a un blanco a cientos de kilómetros, hay que tener unos medios muy importantes para cerrar lo que se conoce como kill chain o cadena de muerte (todos los datos que necesito para lanzar el misil), sobre todo si se encuentra entre blancos neutrales o amigos. Pero nosotros nos estamos preocupando de defendernos de misiles, no de atacar con ellos, así que ahora que conocemos la amenaza, veamos qué podemos hacer para evitarla.



La defensa antimisil

«Pasé más de la mitad de mi vida preocupándome de cosas que jamás iban a ocurrir»

— Winston Churchill —


Ya hemos introducido, sutilmente, que destruir el misil no es la única forma de defendernos de él, pero antes de ver cómo enfrentarnos a ellos, puede ser esclarecedor ponernos en la mente del enemigo. ¿Qué necesita el enemigo para darnos con un misil antibuque?


Según Kumar (1990, p. 9), son necesarios cuatro pasos:

  • Detección del blanco.

  • Targetting u obtención de los datos necesarios para el lanzamiento (con los sensores modernos se puede confundir con la anterior, pero estos datos son más precisos, tienen que actualizarse —y el blanco se mueve— y la fase incluye la elección del arma a usar).

  • Fase de guiado intermedio.

  • Fase de guiado terminal.


Si nos damos cuenta, en las dos primeras fases no podemos hacer nada contra el misil… pero eso no quiere decir que no podamos hacer nada. Dificultar la detección y el targetting al enemigo pueden evitar el lanzamiento o hacer que este se haga en condiciones no idóneas, posiblemente, anulando la necesidad de defendernos posteriormente de un misil, algo que, como ya hemos dejado intuir, no es moco de pavo.


Así, podemos dividir la defensa antimisil en dos fases: antes y después del lanzamiento.

En la primera fase, tendremos que hacer lo que esté en nuestra mano para evitar que el enemigo nos detecte y, si lo hace, que le cueste identificarnos y seguirnos. Esto está muy lejos de las atractivas reacciones antimisil, en la que un barco de guerra demuestra su capacidad de combate, adiestramiento y efectividad de sus doctrinas. Es menos sexy. Pero es tanto o más importante. Según cuál sea nuestra misión, quizás no podamos evitar ser detectados por el enemigo, pero si se lo ponemos todo lo difícil que esté en nuestra mano y luego le complicamos el obtener una solución de fuego (por alcance, por obstáculos, por otros contactos), habremos resuelto el problema del misil antes de empezar. Para el que crea que hoy en día se puede encontrar un barco en cualquier sitio, que sepa que, solo para cubrir el Mar de la China Meridional harían falta 138 satélites (VV.AA., 2001, p. 12), no digamos todo un océano.


Si hemos fracasado en la primera fase, o si nuestra misión nos obligaba a ponernos bajo los misiles enemigos, tendremos que hacer frente al misil propiamente dicho. Ya hemos adelantado los tiempos de reacción, así que tendremos poco tiempo para pensar y todo lo que hagamos debe estar previsto de antemano. Como hemos adelantado en la introducción, para evitar llevarnos un misilazo, podemos:


  1. Derribarlo.

  2. Dirigirlo a otro blanco (real o imaginario).

  3. Hacer que agote su combustible.


La primera opción es la que se conoce como hard kill o muerte dura. Básicamente, le daremos con algo al misil para destruirlo físicamente. Las otras dos opciones podían quedar englobadas dentro del soft kill o muerte blanda, es decir, hacerlo fallar consiguiendo que ya no esté enganchado sobre ti. Ni que decir tiene que el hard kill es mucho más visible, tanto en persona como en los medios de comunicación. Destruir al misil da una seguridad que los invisibles ingenios electrónicos no pueden hacer. Y mola más. Por desgracia, como veremos, esta errónea concepción de que el hard kill es superior se ha extendido, incluso, a los profesionales de la materia. Pero más sobre esto cuando llegue el momento.



Hard kill

«Es lícito repeler la fuerza con la fuerza»

— Ulpiano —


«Las armas antiaéreas de hardkill son las orientadas a interceptar una amenaza y destruirla activamente mediante un impacto directo o una explosión en las proximidades» (VV.AA., 2003). Incluyen misiles superficie-aire, cañones y CIWS. Los CIWS o close-in weapon systems son sistemas artilleros, de calibre generalmente menor, con una gran cadencia de fuego, que son capaces de crear una nube, similar a una perdigonada, que destruye al misil cuando intenta atravesarla. Son la última defensa hardkill. Algunos modelos modernos se complementan con pequeños misiles de muy corto alcance. Alternativamente a —o complementando— su gran cadencia de fuego, pueden usar munición prefragmentada que, al llegar a un punto determinado (el que les dice el sistema antes de disparar o el que determina la munición al notar que hay algo cerca) explota en muchísimas pequeñas partes, creando esa nube de perdigones que tiene muchas más opciones de derribar el blanco.



En cuanto a los cañones, se pueden usar los montajes principales de los barcos, aunque los habrá más preparados que otros. Cuanto más rápido, mayor elevación y cadencia de fuego, más posibilidades de ser un buen montaje antiaéreo. Las municiones prefragmentadas, también presentes en estos calibres, suponen un enorme salto de calidad, pues pensemos en la cantidad de perdigones que un disparo de 127 mm de diámetro es capaz de contener. Se habla de ser capaces de interceptar un blanco que pase a 10 metros del punto de explosión del disparo (Kumar, 1990, p. 13), aunque esto puede haber mejorado con las nuevas tecnologías. Aun así, los disparos de artillería tienen la desventaja de que, una vez fuera del tubo, no se pueden corregir y nuestro blanco es muy rápido, por lo que se estima que su alcance efectivo en modo antiaéreo ronda las 5000 yardas (Kumar, 1990, p. 9). Esto no quita que, cumpliendo los puntos anteriores y con munición prefragmentada, puedan suplir o complementar al CIWS (Kumar, 1990, p. 13).


Los misiles superficie aire son de muchos y variados tipos, al igual que tienen alcances muy dispares, que pueden llegar a las varias docenas de millas o tan solo unas pocas. Sus sistemas de guiado varían, destacando los semiactivos, tanto radáricos como infrarrojos. Hay que pensar que un misil antibuque entrando hacia nosotros va a generar una importante mancha de calor por la fricción con el aire que le rodea y la propia exhaustación.


Los misiles son el arma antimisil por excelencia. Su precisión y alcance, que nos permite enfrentar la amenaza más lejos (y, por tanto, más veces), los pone en la cúspide de la pirámide.


Originalmente, los misiles se lanzaban desde un brazo o plataforma lanzadora, pero este sistema era muy lento, pues requería subir un misil al brazo cada vez que se quería disparar. El advenimiento de las celdas (orificios en la cubierta que dan acceso a un profundo silo que alberga el misil y funge también como plataforma de lanzamiento) permitió lanzar casi simultáneamente todos los misiles del barco, resolviendo este problema. También ocupan menos espacio que sistemas anteriores (solo hace falta el espacio que antes se usaba exclusivamente para almacenar) y pueden lanzar misiles en todas las direcciones (los brazos podían tener sectores ciegos por las superestructuras del barco).


A pesar de los alcances del misil antimisil propio, el punto de interceptación estará limitado por el horizonte del radar de seguimiento (iluminación es el término) y por el punto en el que detectemos el misil entrante… que, como vimos, no será mucho más de 15 millas si viene bajito (que es como van a venir todos los mínimamente modernos). Este punto es importantísimo y alguno se estará preguntando, entonces, para qué construimos misiles antiaéreos (SAM) con docenas (y más) de millas de alcance. Hay dos respuestas. La primera, es que el blanco de nuestros misiles antiaéreos no serán solo los misiles enemigos; también pueden ser los aviones enemigos. De hecho, conociendo las complicaciones de la ASMD, la doctrina americana en caso de enfrentamiento con la URSS era shoot the archer, es decir disparar al arquero antes de que tire la flecha, en referencia a derribar los aviones portadores de misiles. El problema es que la realidad es muy cruel y esto no siempre será posible. Desde luego, es impensable en una situación de crisis, en la que no podemos abrir las hostilidades. Pero hay que pensar que el misil que sale de un avión, por lo general, tiene ventaja (altura y velocidad inicial) y, por los ejemplos que hemos visto, los grandes alcances de los misiles antibuque les permitirán lanzarlos desde fuera de nuestra burbuja antiaérea. Pero eso no quita que sea beneficioso tener una burbuja dentro de la que el enemigo no pueda entrar, pues le estaremos privando de información. Puede que vea unas manchas en el radar, pero poco más.


La segunda razón es que, hasta ahora, estamos considerando la defensa antimisil propia, pero ¿y si tenemos que defender al barco de al lado? Los alcances que salen en la Wikipedia están muy bien… pero son mentira. Y no porque nos estén engañando, sino porque son los alcances en situaciones ideales, en las que el blanco se dirige hacia mí, viene alto y nivelado y no cambia de rumbo. Pero, una vez más, la realidad es muy cruel. Si el misil va al barco de al lado, mi misil tiene que resolver el mismo problema que lleva resolviendo la balística desde hace siglos: lograr que dos objetos se encuentren en el espacio tiempo… Y, para llegar al mismo tiempo que el misil enemigo a un punto que no está cerca de mi barco, mi misil va a tener que correr mucho (porque, recordemos, lo vamos a detectar cuando ya esté muy cerca). Tanto que, a lo mejor, no llega. De hecho, la marina norteamericana no ha hecho pruebas del ESSM, su misil antiaéreo de corto alcance, para derribar misiles que desfilan (que no se dirigen hacia el lanzador; desfilan por el horizonte) (ComNavOps, 2019). Esta distancia, a la que un misil es capaz de interceptar otro que desfila, se conoce como crossrange (distancia de cruce) y hace que el envelope (representación de la zona dentro de la que se puede enfrentar) tenga forma de óvalo, con el eje longitudinal en la línea del blanco. Así, misiles con alcances máximos superiores, tendrán un crossrange mayor, y de ahí parte de su utilidad.



A pesar de las capacidades de los misiles propios, los cortísimos tiempos de reacción dejan en desventaja al barco, por lo que se suele establecer una defensa por capas. Primero misiles antiaéreos de largo alcance, luego los de medio y corto alcance, luego el cañón y, por último, el CIWS. Si tenemos suerte, por fuera de todas estas podemos usar la aviación propia (Bradford, 1992, p. 1). Lo ideal sería contar con todas estas capas, pero la realidad… ya sabes, ¿no?



La defensa por capas también trata de combatir una de las tácticas para vencer a un sistema antiaéreo: saturarlo. Si eres capaz de atacarlo con tantos misiles que no puede enfrentarlos a todos a la vez, acabarás dándole. Para evitarlo, el barco con buenos medios ASMD empieza a combatir la amenaza muy lejos, para ir dejando para las capas interiores solo aquellos que saturen la exterior.


Otras herramientas que se usan para mejorar la capacidad de hardkill son las doctrinas y la iluminación solo en la fase terminal (Maiorano, Carr y Bender, 1996, p. 26). La primera consiste en preprogramar qué tipo de blancos suponen una amenaza y permitir que el sistema, en automático, los enfrente cuando cumplen esos parámetros. El sistema de combate norteamericano (y de nuestras F100 y futuras F110) Aegis es conocido por sus doctrinas. La iluminación en fase terminal, usada también en Aegis con los misiles Standard, consiste en guiar al misil desde el barco con los datos del radar y pasarlo a una guía semiactiva (con un iluminador también situado en el barco) solo los últimos segundos. Además de no esclavizar cada iluminador a un misil (permitiendo tener muchos en el aire), en caso de enfrentar a un avión, el piloto solo recibirá una alerta de que le están atacando en el último momento.


Hemos visto hasta ahora las capacidades que nos da el hardkill. Mencionemos antes de acabar algunas de sus limitaciones, que deberemos tener en cuenta a la hora de decidir cómo defendernos.


En primer lugar, el hardkill está limitado a la munición que pueda portar el barco, algo especialmente restrictivo en el caso de los misiles. De hecho, hay una gran polémica en torno a las futuras F110 porque —dicen— 16 celdas son muy pocas. Yo ya os comenté mi opinión en Cosas Militares: estarían mejor con más, pero hay otras muchas cosas por las que poner en el grito en el cielo antes que por eso. Hay quien dice (Jensen, 2019) que ni los grandes destructores antiaéreos tienen celdas suficientes para defenderse de un ataque masivo. Yo no estoy de acuerdo y me inclino más por la opinión de ComNavOps (2018c): un Arleigh Burke, con solo un tercio de sus celdas cargadas de misiles antiaéreos de corto alcance, podría defenderse de cuatro ataques, cada uno compuesto por 15 misiles. Por cierto, la historia nos enseña que, después de ese tipo de enfrentamientos, los barcos vuelven a puerto, así que el argumento de tener que seguir en la mar no es válido. Es absurdo pensar en continuar operando sin más después de sufrir el ataque de sesenta misiles. ¿Alguien se ha parado a pensar lo que tiene que hacer el enemigo (los dos o tres en el mundo que tienen tantos misiles) para atacarnos con 60 misiles en un corto espacio de tiempo?


En segundo lugar, el hardkill es caro, muy caro. Cada misil Standard cuesta 1 millón de dólares, mínimo. Por supuesto, es un precio más que razonable para evitar que te dejen echo un amasijo de hierros un barco de cientos de millones, pero no deja de ser insostenible, en un conflicto largo, defenderte a un millón el intento.


En tercer lugar, el hardkill, históricamente, es un fracaso. Menos de un 25% de derribos (ComNavOps, 2014b). Es cierto que gran parte de esa estadística es anterior a los radares de apuntamiento electrónico y misiles modernos, pero no deja de ser significativa. Sobre todo, cuando estos no se han probado en casos reales. Los sucesos del USS Mason no son representativos, defendiéndose ante misiles antiguos, en un entorno que dominaba. Habrá que ver como responde el hardkill en un conflicto en el que el espectro electromagnético esté contestado y el enemigo tenga el mismo nivel tecnológico que nosotros. Hay quien le augura menos de un 10% de acierto a los misiles. Puede parecer una exageración, pero veamos esta tabla (RAND, 2008 citado en ComNavOps, 2014a) de probabilidades de derribo teóricas y reales de misiles aire-aire. Y pensemos que un avión es un blanco bastante más sencillo que un misil:



Si bien la tendencia es a mejorar el Pk real y disminuir el teórico… la realidad es muy cruel. No tenemos pruebas reales del uso de los misiles Standard y ESSM (los que usamos en España y los que usa EE.UU.), ya que insisto en que los derribos del Mason no cuentan. Ojalá no nos llevemos un susto el día que haya que usarlos de verdad.


Con los CIWS nos pasa parecido, ya que no tenemos datos reales de la efectividad, por ejemplo, del Phalanx estadounidense (ComNavOps, 2014c). En el ataque sufrido por la Stark, estaba parado. En un ataque al Jarrett, el Missouri y el Gloucester, el Phalanx del Jarrett se enganchó en el chaff del Missouri y abrió fuego, impactando sobre el acorazado (Stoner, s.f.). Hay que decir que fue un misil Sea Dart del Gloucester el que derribó el Silkworm atacante.


En cuarto lugar, hemos visto que los sistemas antiaéreos han mejorado mucho, pero su complejidad también tiene consecuencias negativas. El sistema Aegis es tan difícil de mantener que la todopoderosa marina estadounidense parece que lo tuvo degradado en toda la flota (ComNavOps, 2013), ya que las propias dotaciones no eran capaces de repararlo, llegando a no ser capaces de saber si estaba rindiendo adecuadamente o degradado. No he sido capaz de corroborar la información con otra fuente y, desde luego, no hemos oído nada parecido en España, pero no es descabellado pensar que esto pueda pasar en sistemas tan extraordinariamente complejos.


Por último, una limitación que afectará a todo tipo de defensa, pero que hay que tener en cuenta, especialmente, para el hardkill: los tiempos de reacción son muy cortos (¿lo he dicho suficientes veces ya?) y eso solo nos va a dejar lanzar, como mucho, dos salvas de misiles propios, si queremos evaluar el resultado de la primera antes de lanzar la segunda (por aquello de no ir tirando al agua millones de euros y por guardar misiles para después, no vaya a ser que nos vuelvan a atacar). Esto se conoce como shoot-look-shoot o dispara-mira-dispara (Karasakal, Özdemirel y Kandiller, 2011, p. 318).



Soft kill

«La debilidad de la fuerza es no creer más que en la fuerza»

— Paul Valéry —


«Las armas antiaéreas de softkill usan técnicas para engañar o desorientar una amenaza, provocando que se destruya o pierda el enganche en el blanco» (VV.AA., 2003). Los medios más habituales son el chaff, las bengalas, los perturbadores, los señuelos activos y los señuelos pasivos (Kumar, 1990, p. 16).


El chaff es, posiblemente, la medida softkill más conocida. Consiste en un generador de clutter (ruido) formado por pequeñas tiras de metal. Su versión infrarroja son las bengalas y existen los modelos combinados, como el Bullfighter que usa la Armada Española. Este sistema tiene la ventaja de ser relativamente barato; por ejemplo, el Bullfighter le costó a España 4850 € por cartucho en un pedido de 300 (BOE, 2005, p. 10081).


El chaff se puede usar tanto en la fase previa al lanzamiento del misil, para engañar al enemigo e intentar evitar que nos localice u obtenga una solución de fuego, como en la fase en la que el misil ya está en el aire, intentando que este se enganche en el chaff en lugar de en nosotros (Kumar, 1990, p.30).


Los perturbadores suelen ir integrados en los equipos de guerra electrónica. Estos sistemas, capaces de detectar las emisiones radar del enemigo (ESM), también cuentan, habitualmente, con unos emisores de radiofrecuencia. Con equipos de ESM se puede llegar a detectar hasta el radar altímetro del misil enemigo (Kumar, 1990, p. 4). Con los emisores de radiofrecuencia asociados, se puede intentar cegar al radar enemigo o engañarlo. La manera de cegarlo es bastante intuitiva: emitiendo más potencia de la que el receptor es capaz de procesar, provocando que solo vea una enorme mancha. Las maneras de engañarlo son múltiples y mucho más complejas. Como es habitual, en la cultura popular se ha extendido el término perturbador, que estrictamente solo incluye la primera opción, por ser mucho más «visible», cuando la realidad es que el engaño puede ser mucho más efectivo. La contrapartida del engaño es que necesita conocer el funcionamiento del radar enemigo para poder engañarlo. Aunque los radares contenidos en los morros de los misiles no pueden, por limitaciones de espacio y peso, ser excesivamente complejos, en la eterna puja entre la espada y el escudo se han ido sofisticando con lo que se conoce como contra-contramedidas. Estas ECCM también pueden discriminar el chaff (usando un circuito doppler para determinar qué blancos se mueven y cuáles no, por ejemplo); no olvidemos que las armas se diseñan para explotar las vulnerabilidades de las defensas (Manji, Kocakanat y Kitsikis, 2002, p. 9). En cualquier caso, la efectividad de la combinación chaff-perturbación (o engaño) está más que demostrada desde sus inicios, como vimos en el post de guerra electrónica.


Para intentar ilustrar lo que es un engaño, explicaremos una de las técnicas más sencillas: el robo de la puerta de distancia. Los radares de seguimiento calculan dónde va a estar el blanco en su siguiente barrido, centrándose en ese pequeño recuadro del espacio. Si eres capaz de emitir una señal más grande que el eco que genera tu unidad dentro de ese recuadro, en el siguiente barrido la desplazas un poco, en el siguiente un poco más y así sucesivamente hasta que has alejado el misil del blanco real y lo tienes enganchado en el engaño, habrás esquivado el misil.



Pero esta técnica no será efectiva contra todos los misiles y es difícil saber cómo funciona el radar del misil enemigo. De ahí la importancia de la inteligencia.


Los señuelos pasivos son estructuras altamente reflectantes, de tal forma que pueden simular la firma radar del barco. Generalmente, se almacenan en contenedores parecidos a los de las lanchas salvavidas, que se lanzan al agua, donde se abren y el señuelo se hincha, alcanzando el tamaño aproximado de un coche.


Los señuelos activos son la forma más efectiva de softkill (Kumar, 1990, p. 17). Su funcionamiento consiste en recibir, amplificar y retransmitir la señal radar que está guiando al misil, generando un blanco más seductor que el barco. Los hay autopropulsados, que pueden mantenerse por sí solos en el aire, y los hay que utilizan paracaídas para descender más despacio. También se pueden remolcar desde el barco, aunque esto tiene limitaciones obvias. El tamaño no difiere mucho del de un cartucho de chaff. La contrapartida de estos sistemas es que, a medida que los misiles han ganado en sofisticación, se han ido haciendo más complejos, llegando a ser muy caros. Como muestra, el Nulka australiano, en uso en esta marina y en las estadounidense y canadiense, le cuesta a EE.UU. 1.215.000 $ (Department of Defense, 2017).


Para terminar, partiendo de que es mucho más difícil visualizar la efectividad del softkill, vamos a dar algunos datos (ComNavOps, 2013) para intentar dejarla patente. Históricamente, el softkill tiene un porcentaje de efectividad que ronda el 80%, aunque sabemos que la base de datos de enfrentamientos misil-barco es reducida. Este dato es muy superior al del hardkill, pero no podemos dejar de decir que la práctica totalidad de datos de hardkill son anteriores al Aegis y sistemas similares posteriores (aunque, claro, los misiles también son cada vez más capaces y ya hemos visto la realidad con los aire-aire).


Una cuestión que puede parecer evidente es que el softkill no es peligroso para el buque propio (o los amigos), mientras que los sistemas hardkill tienen que diseñarse teniendo en cuenta grandes precauciones de seguridad. Y operarse así, también. No hay ningún peligro en tener un sistema softkill en automático. Lo peor que puede pasar es que hagas un poco de confeti metálico. Pero son múltiples los ejemplos de accidentes con sistemas hardkill. En 1989, el Phalanx del USS El Paso mató a un oficial del USS Iwo Jima (Miller, 1989). Ya mencionamos antes que, en 1991, el Phalanx del USS Jarrett disparó sobre el USS Missouri al engancharse en su nube de chaff. Llevar estos sistemas en automático es inherentemente peligroso, lo que provoca que se sea conservador en su uso… y ser conservador en escenarios en los que tienes segundos para reaccionar no es la mejor idea. Otro ejemplo muy famoso es el del USS Saratoga, que disparó dos misiles Sea Sparrow contra el turco Muavenet (Schmitt, 1992). Parece que los turcos «iluminaron» (onda continua de radar usada para guiar misiles) a los americanos como parte de un ejercicio y estos tenían su sistema defensivo en automático. Dicen que la venta de las fragatas Oliver Hazard Perry que sigue operando Turquía se hizo como compensación por este incidente, en el que murieron cinco miembros de la marina turca.


Este último punto tiene otra ventaja si lo vemos desde otra perspectiva: las reglas de enfrentamiento y el control de la escalada (Ousborne, 1993, p. 138). Las medidas de softkill permiten empezar a defenderse sin aumentar la tensión. Por ejemplo, al recibir la señal de un radar de seguimiento asociado a un sistema de misiles, podemos usar chaff o perturbaciones para dificultar el seguimiento. Sin embargo, en una situación de crisis, es muy probable que no tengamos permiso para destruir dicho radar hasta que ponga un misil en el aire. Y para entonces puede ser demasiado tarde.


Además de todo lo mencionado, el softkill ocupa mucho menos espacio, desde los pequeños lanzadores de chaff a las antenas ECM cuya «munición», además, es ilimitada. También es más barato (en una relación 1:100, según Withington (2020)), exceptuando a los señuelos activos, aunque la mayoría de misiles antiaéreos son más caros que estos. Los medios softkill fungibles se pueden recargar en la mar, cosa que no se puede hacer con los misiles. Por último, las modernizaciones de algunas herramientas de softkill, como la perturbación y engaños electrónicos, son mucho más baratas, al ser principalmente de software y no de hardware.


Para finalizar, se considera que el softkill es efectivo contra un 70% de los misiles antibuque (Withington, 2020), lo que coincide con el 68% de efectividad en los 222 ataques del periodo 1967-1992 (Hughes, 1986). La marina norteamericana parece tenerlo claro y ha equipado a sus barcos más amenazados por misiles con un equipo de guerra electrónica secreto y novedoso (Rogoway, 2021).



¿Hard o soft?

«Solo el equilibrio aniquila la fuerza»

— Simone Weil —


Ahora que conocemos las dos ramas de la defensa antimisil (cuando el misil ya está en vuelo, no olvidemos que hay que hacer muchas cosas antes), tendremos que decidirnos por una, ¿no?


Pues no, claro que no. Como seguro que ya has adivinado, no pienso decantarme por una o por otra y la tendencia que haya podido mostrar hasta ahora no es más que para equilibrar la creencia popular. Nos encantan las cosas que hacen ¡pum!...


Y no pienso decantarme por varias razones. La defensa antimisil no se hace con hardkill o softkill. Se hace con hardkill y softkill. Una de las primeras lecciones que hemos aprendido es que la realidad es muy cruel. El día que tengamos que usar nuestros misiles antimisil, no funcionarán todo lo bien que esperábamos. Pero tampoco lo harán nuestros engaños electrónicos. Lo que hacemos al usar ambas cosas es aumentar las posibilidades de que al menos una funcione. También podemos usar una técnica para descargar de trabajo a la otra en entornos de saturación o para aumentar la vulnerabilidad del misil atacante (Ousborne, 1993, p. 130). Aunque deberemos tener cuidado, pues las interacciones entre hardkill y softkill pueden ser positivas o negativas (VV.AA., 2003). Por ejemplo, si el misil atacante tiene homing on jamming, usar nuestro perturbador será contraproducente, al igual que lo será usar el radar para seguirlo si es un misil que se guía por la radiación electromagnética.


Además, la combinación de ambos métodos encaja perfectamente con la teoría de la defensa por capas. Una de las grandes ventajas del hardkill es que puede enfrentar la amenaza más lejos, pero hemos visto que los cortos tiempos de reacción pueden llevar a la saturación a pesar de los misiles en celdas y los radares de apuntamiento electrónico. Así, además de las capas de defensa dura, podemos sobreponer una capa (varias, realmente) de defensa blanda que, estando bien coordinadas, no se estorbarán y nos darán más oportunidades de eliminar la amenaza. Recordemos que no tendremos tiempo más que de un shoot-look-shoot. Lo estamos fiando todo a dos intentos (más el CIWS o cañón, si lo tenemos). Con el softkill ganamos una capa de chaff para «meter ruido», una capa de perturbación o engaño y una capa de chaff para atraer al misil en el último momento. Cinco oportunidades en lugar de dos. Sin contar con los señuelos activos.


A efectos prácticos, bajando al barro, vemos que tendremos dos reacciones separadas, pero que deben ir coordinadas. La idiosincrasia de los barcos de guerra supone que una estará en manos de los artilleros y la otra será responsabilidad de los electrónicos. La coordinación entre ambas se hará al máximo nivel (VV.AA., 2003), lo que en un barco de guerra significa el oficial de acción táctica (TAO), responsable ante el comandante del empleo de los sensores y armas del buque tanto en las distintas guardias como en zafarrancho de combate.


El uso de ambas técnicas también permitiría, en el caso de que un barco se viera en un escenario en el que puede agotar la munición (escasísimos ejemplos históricos de esto, pero supongamos que pase), utilizar el softkill para todos aquellos misiles para los que sea efectivo y dejar el hardkill para las amenazas resistentes a engaños o perturbación (Jensen, 2019). También sería válida la teoría contraria: podemos vernos en un escenario en el que nuestras armas hardkill no sean capaces de derribar la amenaza (por cinemática, por ejemplo) y las usemos para otras tareas mientras dejamos esos misiles demasiado rápidos a los señuelos y los equipos de guerra electrónica.


Por tanto, la solución es sencilla: entre hardkill y softkill, las dos. Y eso significa recuperar el softkill que llevamos años dejando de lado.



La defensa de la escuadra

«El talento gana partidos, pero el trabajo en equipo y la inteligencia ganan campeonatos»

— Michael Jordan —


Hasta ahora hemos tratado la defensa antimisil como un asunto aislado, pero los barcos no van por ahí navegando solos, y mucho menos en escenarios de alta intensidad. Tenemos que partir de la base de que no es eficiente —y, a veces, ni siquiera posible— montar una adecuada defensa antimisil en todos nuestros barcos. Esto significa que algunos no dispondrán de ella, o solo de una forma limitada, mientras que a otros se les encargará protegerlos. De ahí su denominación de «escoltas». También puede darse el caso de que tengamos que defender un mercante que lleva material esencial para la operación, por ejemplo.



Por tanto, la defensa antimisil se aborda desde un enfoque de fuerza, en el que participan todos los barcos que componen una agrupación, cada uno a su manera. Según Aydin (2010, p. 16) hay dos dispositivos principales usados en las agrupaciones navales: la cortina y el 2W. En ambos, las unidades a proteger se suelen colocar en el centro, con los escoltas alrededor. La cortina consiste en asignar a cada barco un sector con un ángulo y una profundidad de inicio y finales desde el centro de la cortina. Así, un escolta puede cubrir un sector entre el norte y el este y entre las profundidades de diez y veinte millas, por ejemplo. Por supuesto, la cortina se adaptará a la amenaza reinante, a la dirección esperada de esta y a las capacidades de cada barco.


2W (Aydin, 2010)

El dispositivo 2W, según Aydin (2010, p. 18), se usa para amenazas aéreas y es más efectivo que la cortina si se dispone de más de cinco barcos. Consiste en una plantilla de círculos que se asignan a los distintos barcos, incluyendo aquellos a proteger.


En cualquier caso, la reacción ante misiles entrantes se hará por toda la fuerza, con el objeto de proteger, especialmente, a las unidades valiosas. Para evitar que unas reacciones obstaculicen las otras y un empleo poco eficiente de los medios, la reacción antimisil se coordina por el comandante de la guerra antiaérea (AAWC) hasta la última defensa propia de cada unidad (Karasakal, Özdemirel y Kandiller, 2011, p. 305). Para permitir estas reacciones coordinadas, ya que la fonía podía ser confusa, se inventaron los sistemas de transferencia de datos tácticos, que permiten ver a toda la fuerza la información del resto de barcos (y aeronaves y otros elementos) de forma instantánea, permitiendo esta coordinación (Maiorano, Carr y Bender, 1996, p. 25). Esta forma de operar se conoce como defensa de área (Karakasal, 2004, p. 4).


Si la defensa antimisil ya era un problema complejo que hay que resolver en segundos, la defensa antimisil de una agrupación es de una complejidad exponencialmente mayor. Hay que decidir quién enfrenta qué amenaza y cómo, teniendo en cuenta que cada barco puede tener capacidades diferentes. También, teniendo en cuenta que el barco mejor posicionado para enfrentar un misil, puede ser el único capaz de enfrentar otro, pero que a lo mejor no puede enfrentar los dos. La amenaza también puede ser variada, con misiles de distintos tipos atacándonos. Y, por último, la geometría. La posición relativa de misiles y defensores es clave y, dada la diferencia de velocidad, los defensores deberán estar colocados de antemano. Más de una veintena de estudios han intentado dar una solución matemática a este problema y los propios Karasakal, Özdemirel y Kandiller (2011, p. 306), que los recopilaron e hicieron otro intentando ofrecer una solución, admiten que no fue posible. Por tanto, la complejísima coordinación de todas las medidas defensivas contra una amenaza que puede ser múltiple, simultánea y rapidísima, sigue recayendo en un hombre.


Para finalizar esta parte, concluyamos que la defensa antimisil debe ser rápida, coordinada y usar todas las técnicas disponibles, pero recordando que, en los escenarios más demandantes, no estaremos solos.



Defensa antimisil en la Armada Española

«Un hombre sin carácter es una nodriza sin leche. Un soldado sin armas, un viajero sin fondos»

— Auguste Pitet —


Ahora que tenemos una idea de lo que es y cómo se hace la defensa antimisil, vamos a echar un vistazo a las capacidades de la Armada Española. Luego voy a intentar dar algunas ideas sobre posibles mejoras.


La información de este apartado, excepto donde se indica lo contrario, es la publicada por Armada Española (s.f.).


Fragatas F100

Empezamos por la joya de la corona. Sin duda, el barco más capaz de la Armada Española en guerra antiaérea. Por sus capacidades y por ser el primero, nos va a llevar más tiempo, pero así con los siguientes no tendremos que detenernos mucho.


Fragata F100 (Foro Naval)

Las F100 cuentan con el radar SPY-1D y los equipos de guerra electrónica Aldebarán (y Rigel en la Colón (Ingeniería Naval, 2010)). En cuanto a armamento ASMD, tienen 48 celdas de lanzamiento vertical para misiles SM-2 y ESSM. Cabe un SM-2 o cuatro ESSM por celda. También cuentan con un cañón Mk-45 de 5 pulgadas.


Suele ser buena costumbre empezar por el principio: detectar el misil. El radar SPY-1 (MDAA, s.f.) es uno de los mejores radares aéreos del mundo. Opera en banda S (2-4 GHz), tiene una bestial potencia de pico entre 4 y 6 MW (Radar Tutorial, s.f.) y una cobertura de 360º gracias a cuatro antenas planas. Se le estima un alcance de 310 km, aunque nosotros ya sabemos que eso nos va a dar relativamente igual cuando los misiles vengan rozando las olas. Es capaz de seguir cien blancos y se dice que ve blancos del tamaño de una pelota de golf a 165 km. Malo será que no vea un misil. El SPY-1 es un radar controlado por ordenador, que puede centrarse en los blancos que más le interesan, así que podemos asumir que detectará rápidamente un blanco rápido entrando bajito cuando aparezca por encima del horizonte.

Sistema EW Rigel (Indra)

El otro método principal de detección será el equipo de guerra electrónica Aldebarán de Indra. No he encontrado mucha información, pero hay un folleto muy completo de Indra (s.f.) sobre el Rigel, que lleva la F105 y es la evolución del anterior, así que mencionaremos sus capacidades. El sistema de apoyo electrónico (ESM) Rigel cubre la banda 2 a 18 GHz, pudiendo, opcionalmente, montarse más antenas para cubrir desde 0,5 hasta 40 GHz. En cualquier caso, es un sistema que debe ser capaz de detectar las emisiones tanto de los radares de búsqueda y seguimiento asociados a sistemas de misiles, como a los de los propios misiles. Indra asegura que tiene una capacidad de interceptación del 100% y una gran precisión en demora (orientación), además de ser capaz de operar en entornos saturados o bajo perturbación. En definitiva, parece un sensor más que capaz para esta tarea.


Pasemos a ver las armas ASMD y, para completar lo dicho sobre el Rigel, mencionaremos sus capacidades de ataque electrónico (ECM). El Rigel es capaz de operar en el espectro de 6 a 18 GHz, ampliándose opcionalmente de 0,5 a 6. Funciona tanto para perturbar como para engañar, siendo capaz de enfrentar distintas amenazas en los 360º. En perturbación, es capaz de hacer jamming de punto (una frecuencia) o de barrera (una banda de frecuencias) y noise cover pulse, que es capaz de perturbar con alta potencia en sucesivos puntos dentro de una banda, prediciendo dónde va a emitir el radar enemigo (Full Afterburner, 2018). En cuanto a los engaños, puede robar las puertas de velocidad, ángulo y distancia o usar las técnicas high duty technique, high density confusion, count down y cross polarization. El robo de la puerta de distancia lo explicamos más arriba y los otros «robos» son equivalentes. En cuanto al resto, solo he encontrado el cross polarization en Adamy (2000). Se utiliza contra radares de antena parabólica y consiste en emitir una señal con polarización inversa a la del radar, provocando que este pierda el seguimiento. La señal tiene que ser entre 20 y 40 dB superior a la del propio radar.


Asociado al equipo de guerra electrónica, las F100 cuentan con lanzadores de señuelos Mk 36 SRBOC, desde los que se pueden lanzar los cartuchos chaff Mk 214 de seducción y Mk 216 de distracción (Martínez, 2016), además de los ya mencionados Bullfighter radárico/IR. En definitiva, podemos decir que las F100 cuentan con un poderoso sistema de guerra electrónica para hacer frente a misiles, aunque no tienen señuelos activos.


Hablemos de hardkill. La capacidad antiaérea del Mk-45 se puede considerar escasa. La propia BAE (s.f.) indica que es un montaje orientado al fuego naval de apoyo (bombardeo de costa) y su ritmo de fuego de 16-20 dpm y tambor de 20 disparos dejan claro que no está pensado para fuego antiaéreo. Si damos por válida la premisa que vimos más arriba de que la artillería puede ser efectiva contra misiles por dentro de las 5000 yardas, tendremos unos 15 segundos para abrir fuego contra un misil subsónico (0,9 M); es decir, cuatro o cinco disparos. Ya que no se conoce que estos montajes tengan munición prefragmentada, no parece suficiente para hacer frente a un misil.


Pero la verdadera capacidad de hardkill de las F100 recae en sus misiles. El SM-2, según el propio Raytheon (s.f.), es un misil antiaéreo con hasta 90 millas de alcance, con capacidad antimisil y capaz de enfrentar blancos rozaolas. Estaríamos hablando de la capa exterior de la defensa. El fabricante dice que se han hecho 2700 lanzamientos reales, aunque solo los del Mason pueden considerarse como lanzamientos en combate y, como dijimos, en una situación muy favorable. El SM-2 tiene guiado semiactivo (guiado desde el barco lanzador) y una espoleta de proximidad radárica y de contacto que activa una cabeza explosiva prefregamentada (Missile Threat, s.f.). La iluminación desde el barco solo es necesaria en la fase final del vuelo, pudiendo dirigirse durante la fase intermedia por el sistema Aegis (Navy, s.f.). Su combustible es sólido y las superficies de control están en la cola.


Para complementar al SM-2, las F100 cuentan con el ESSM o Evolved Sea Sparrow Missile. Como dijimos, una de las diferencias es que cuatro ESSM ocupan una sola celda. A cambio, el alcance se ve reducido: unos 50 km según Naval Technology (s.f.), a velocidades de hasta Mach 4. El guiado de este misil en la fase intermedia se hace por enlaces de datos, contando con un guiado semiactivo en la fase terminal. La cabeza de combate es de 40 kg de alto explosivo. Una de las características representativas del ESSM es su thrust vector control (algo así como control del vector de empuje), que le permite enfrentar blancos muy ágiles. Estamos, por tanto, ante la capa interior de la defensa. En este vídeo, alrededor del minuto 1:35, podemos ver cómo el misil se inclina para dirigirse a su objetivo, en lugar de subir e irse curvando, disminuyendo así el tiempo que tarda en hacerle frente.



Estamos, desde luego, ante una capacidad hardkill muy potente, aunque algunos echarán de menos el CIWS. Más sobre esto en el último epígrafe.


Fragatas clase Santa María

A la espera de las fragatas F110, la Armada sigue operando seis fragatas de la clase Oliver Hazard Perry estadounidense. Bien entradas en su último tercio de vida, estos barcos siguen participando en misiones en las que la defensa antimisil puede ser necesaria y ejerciendo como escoltas.



La capacidad softkill es prácticamente igual que la de las fragatas F100, ya que cuentan con el sistema de guerra electrónica Rigel (más moderno que el Aldebarán de las cuatro primeras F100), aunque Navarra y Canarias mantienen el vetusto Neptunel original (Junquera, 2015, p. 946), un sistema italiano que ya tiene unos años, pero al que podemos atribuir características similares, si bien más anticuadas. La diferencia principal radica en que el Rigel de las Santa María no cuenta con capacidad ECM (Ortiz y Martínez, 2019); quedando solo como un sensor, pero sin capacidad de atacar o engañar electrónicamente radares enemigos. Los morteros y cartuchos chaff utilizados son los mismos.


Pasando al hardkill, las Santa María tienen una considerable ventaja en cuanto a montaje se refiere. El Oto Melara de 76 mm, si bien de un calibre inferior, ofrece un ritmo de fuego de 80 disparos por minuto, puede alcanzar elevaciones de -15º/+85º y es capaz de moverse a 60º/segundo, con una capacidad de cargar 70+6+4 disparos (Navweaps, s.f.). Evidentemente, nos encontramos ante un montaje con una poderosa capacidad antiaérea. En el mismo supuesto anterior, sería capaz de hacer 20 disparos contra un misil entrante, aumentando exponencialmente las posibilidades de que alguno haga impacto.


En lo que las Santa María están, evidentemente, en desventaja, es en la capacidad de misiles. Cuentan con un lanzador de brazo Mk-13, capaz de lanzar un misil Standard-1 cada ocho segundos, con un tambor cargador (que comparte con los Harpoon) que puede almacenar 40 misiles (Seaforces, s.f.). En el supuesto anterior, una fragata Santa María solo podría lanzar uno, como mucho dos, misiles contra un misil rozaolas. El misil SM-1 tiene un alcance máximo de 45 km y una velocidad superior a Mach 3, teniendo las últimas versiones componentes del SM-2 para mejorar sus prestaciones (Guerrero, 2019). Si bien ha habido noticias de que los misiles SM-1 de la Armada estaban fuera de servicio, Infodefensa informaba en diciembre de 2020 que Indra había recibido un contrato para poner a punto, entre otros, estos misiles, con lo que no tendrían mucho sentido las informaciones anteriores.



Las fragatas clase Santa María contaban con el sistema de defensa de punto Meroka, pero fue dado de baja (Navarro, 2019b).


En resumen, estamos ante una capacidad muy reducida respecto a las F100, pero que entre los misiles SM-1, el montaje y el chaff podemos seguir considerando aceptable en muchos escenarios.


Buques de acción marítima clase Meteoro

Además de los escoltas, el único barco de la Armada que tiene capacidad harkill y softkill es el BAM. Los clase Meteoro cuentan con el mismo montaje que las Santa María, que ya hemos visto que tiene una muy decente capacidad antiaérea, y con el Rigel —aunque sin ECM (Guerrero, 2019)— y los mismos chaff que ya hemos visto. Evidentemente, la falta de misiles antiaéreos y ECM les pone un escalón por debajo, pero no olvidemos que estamos hablando de patrulleros; barcos que no están pensados para ir a escenarios de alta intensidad. Para defenderse de ataques sencillos con misiles generalmente anticuados como los que se pueden encontrar en algunos escenarios de media intensidad, están razonablemente bien preparados, aunque veremos algunas propuestas para mejorar esta capacidad, ya que es habitual entre los aficionados poner el grito en el cielo por ella (espero que, después de leer este post y el del enlace, un poco menos).


Anfibios y petroleros

La Armada cuenta con tres buques anfibios y dos petroleros de flota, ninguno de los cuales tiene capacidad hardkill. Todos cuentan con equipos de guerra electrónica Aldebarán o Rigel asociados a los lanzadores chaff que ya hemos tratado, aunque solo el Juan Carlos I y el Castilla tienen ECM (Guerrero, 2019; Saunders, 2016, p. 778). Por tanto, se trata de barcos que deben fiar su defensa antimisil al chaff y, en algunos casos, a la combinación de este con perturbaciones o engaños. Si bien estas medidas se han demostrado efectivas, por su alto valor, irán escoltadas en escenarios con amenaza de misil.


Bonus track: fragatas F110

Aunque todavía quedan años para verlas operando, las futuras fragatas clase Bonifaz están llamadas a ser el principal escolta de la Armada durante décadas y, por el lógico interés que suscitan, creo que merece la pena dedicarles unas líneas. El problema que tenemos es que no se conocen todas sus características, así que la valoración global no puede ser certera. Pero intentémoslo.



Partiendo de la base de la F100, que hemos descrito en detalle, compararemos las futuras fragatas a nuestros escoltas antiaéreos. Debemos mantener en mente que las Bonifaz coexistirán un par de décadas con las Álvaro de Bazán, y otras dos con las sucesoras de estas que, previsiblemente, también tendrán una orientación antiaérea. Los escoltas modernos son multifunción, pero suelen orientarse hacia un tipo de guerra, siendo el de la F110 la antisubmarina. De hecho, su capacidad antiaérea es bestial para un escolta antisubmarino.


Las fragatas clase Bonifaz montarán el radar SPY-7, en lugar del SPY-1 (González, 2020). Tras décadas de desarrollo, es evidente que el SPY-7 será superior en prestaciones al SPY-1, por lo que es probable que las Bonifaz puedan detectar misiles incluso antes que las F100 (aunque ya sabemos que el horizonte es muy cabrón, así que probablemente gane la que tenga las antenas más altas).


Las F110 contarán con el mismo lanzador (Mk-41) y los mismos misiles (SM-2 y ESSM) que las F100, aunque en un número menor. Sus 16 celdas han causado muchas vestiduras rasgadas y yo defiendo la extremadamente impopular opinión de que no hay razón para poner el grito en el cielo. Con 16 celdas y una combinación, por ejemplo, de 8 SM-2 y 32 ESSM, una F110 estaría capacitada para salir airosa de cualquier escenario plausible (añadiendo, además, su capacidad softkill y el resto del hardkill, que ahora veremos). Para protegerse a sí misma, tiene más que suficiente, mientras que para proteger una unidad valiosa, en un escenario de alta intensidad, la fuerza se integrará siempre de escoltas de los dos tipos, aprovechando las capacidades de ambos. Al que piense que no deberíamos tener que supeditar la composición de la fuerza al menor número de pozos de las F110, les pregunto qué piensan sobre tener que supeditarla a la escasa capacidad antisubmarina de las F100.


Hay quien señala que esos 16 pozos se verán ocupados por otros misiles no antiaéreos. España no los tiene y la historia reciente nos demuestra que no los va a tener. De tenerlos, tampoco tendría sentido reducir el número de misiles antiaéreos si se espera amenaza de misil. La lógica dicta que deberían instalarse primero en submarinos, por sus especiales capacidades, y en los escoltas con un mayor número de celdas disponibles.


Como ya he adelantado, las F110 van a tener una segunda capacidad hardkill. En sustitución del casi inútil —en ASMD— Mk-45, las Bonifaz montarán el Vulcano LW 127/64 mm de Leonardo. No se sabe aún si contarán con el sistema avanzado de carga ni qué tipo de munición estará disponible (Maíz, 2020), pero viendo las características del cañón queda patente que es una excelente elección. El Vulcano tiene un ritmo de fuego de 32 disparos por minuto, elevándose hasta 70º y girando a una velocidad de hasta 60º/segundo, con 56 disparos en cuatro tambores cargadores (Leonardo, 2017). El ritmo de fuego es inferior al de Oto Melara de 76 mm de las Santa María, pero con el calibre del Mk-45 de las F100. En nuestro supuesto, podría hacer ocho disparos efectivos contra un misil rozaolas subsónico.


Esta capacidad secundaria de hardkill es importante, ya que desconocemos si las F110 llevarán CIWS. En las imágenes que hemos podido ver, se aprecia algún tipo de montaje en la popa de la cubierta superior, aunque se parece más a un sistema antitorpedo turco que a cualquier CIWS que conozcamos. Tendría mucho más sentido que fuera un CIWS, aunque no se sabe nada al respecto. De hecho, hace unos días, en una conferencia que daba Navantia en Exponav (Ferrol), pregunté por este asunto y, aunque el conferenciante respondió a la pregunta, no nos dio respuesta.



En cuanto a softkill, las fragatas F110 contarán con el sistema Rigel i110 de Indra (Navarro, 2018), evidentemente, una evolución del Rigel. Como es lógico, sabemos muy poco sobre él, pero podemos asumir que tendrá unas capacidades similares o algo superiores. Tampoco se ha hablado nada de señuelos, así que asumiremos que llevarán los mismos que viene usando la Armada.



Posibles mejoras

«Nunca es poco lo que es bastante; nunca es bastante lo que es mucho»

— Séneca —


En aras de ganarme a un público que, si ha llegado hasta aquí, es muy posible que esté bastante harto, vamos a empezar por las peticiones más populares. ¡Sorpresa! Son todas de hardkill.


Una de las propuestas más recurrentes es la instalación de CIWS en nuestras unidades. La Armada no ha tenido CIWS desde la baja del Meroka que mencionamos antes. En anfibios y petroleros puede ser una muy buena solución para complementar su capacidad softkill y, ya que son unidades que no están orientadas a defender a otras, no necesitan medios de gran alcance. En los BAM es una posibilidad, aunque tengo que repetir (lo sé, lo sé; soy muy pesado), que no son unos barcos que deban enfrentarse a este tipo de amenazas. Si se lo ponemos a los BAM, ¿por qué no a los Serviola, a los Chilreu e, incluso, a patrulleros más pequeños? Además, ya vimos en el artículo sobre los BAM que no es tan fácil encontrarle un sitio. Por último, dentro de unos párrafos voy dar una solución mejor.


Para las fragatas clase Santa María, el CIWS también es una opción, sustituyendo al Meroka y complementando el hardkill de su veterano sistema de misiles y el cañón. Aunque para ellas también tengo una solución mejor. En cualquier caso, con las Santa María tenemos que pensar que están cerca de ser relevadas por las Bonifaz y debe estudiarse la necesidad de modernizarlas para un periodo relativamente corto.


En cuanto a las F100, son, en mi opinión, el barco menos necesitado. Su increíble capacidad antiaérea hace poco probable que un misil se cuele hasta la última línea de defensa. En el improbable caso de que lo hiciera, no estaría de más contar con un CIWS, pero creo que tenemos prioridades más acuciantes. Y, de mejorarles algo en ASMD, sería el softkill. Ahora lo vemos.


Las F110 todavía no están del todo definidas y no sabemos si contarán con CIWS. No lo veo necesario, por las mismas razones que con la F100, aunque es cierto que, contando con menos misiles, puede ser una buena manera de darle más profundidad a sus defensas. Una vez más, de apostar por algo, yo lo haría por el softkill; creo que el hardkill ya es muy bueno.


Pero veamos qué posibilidades de CIWS hay. Dos de los más conocidos en las marinas de nuestro entorno (Cowan, 2017) son el Phalanx y el Goalkeeper. El Phalanx, en servicio en la marina estadounidense y más de veinte otras marinas, está basado en una ametralladora Gatling de 20 mm y un radar en banda J. Lo más habitual es verlo montado, al menos, en parejas, para asegurar cobertura alrededor de todo el barco. Existe una variante (SeaRAM) que sustituye la ametralladora por misiles RIM-116, basados en el conocido Sidewinder. Guiados de forma semiactiva por radar o por su propio sensor infrarrojo, los once misiles que componen cada sistema ofrecen una importante protección. Evidentemente, esta opción es más cara, aunque debemos suponer que también más precisa. Barcos norteamericanos y japoneses están combinando ambos sistemas.


El Goalkeeper, por su parte, se basa en una ametralladora de siete tubos de 30 mm usado en las marinas holandesa, portuguesa y coreana. Dispara munición subcalibrada de 20 mm a 4200 proyectiles por minuto. Usa dos radares para detección y seguimiento, complementados por medios electroópticos e infrarrojos.


Cabe la posibilidad de que la Armada adquiera alguno de estos sistemas para las F110 o para reforzar el ASMD de los barcos que ya están en servicio, pero hay una empresa nacional que tiene algunas propuestas interesantes en este campo. La torre Sentinel TAO de Escribano (Navarro, 2019a) cuenta con un montaje de cinco tubos de 25 mm y dos o cuatro misiles de corto alcance (Fernández, 2020). El sensor principal es electroóptico, presumiendo de distancias de detección de hasta 12 km. No es mucha distancia, pero cabe suponer que, de instalarse en nuestros barcos, se integraría en el sistema de combate para poder recibir información de estos y aprovechar las detecciones por otros sensores (radar aéreo o multifunción, radar de superficie, dirección de tiro, etc.). El montaje puede disparar hasta 4200 proyectiles por minuto con un alcance de 3,8 km. Los pequeños misiles de 90 mm de diámetro llegarían hasta los 8 km.


La opción de Escribano es más barata, pero no está probada y sus capacidades son inferiores a las que hemos visto anteriormente. Principalmente, yo destacaría la falta de radar, confiando plenamente en el sensor electroóptico y el láser. Ante esto, además del precio, hay que destacar la evidente ventaja de fabricarlo en España, de forma que el gasto se convierte más en una inversión. Además, potenciaría la capacidad de crecimiento de Escribano, una empresa que parece estar haciéndolo muy bien y que sería provechoso para el país y para las FAS que siguiera creciendo.


La empresa MBDA también ha ofrecido su montaje SIMBAD-SP o Cartago, que utilizaría misiles Mistral III, aunque la propuesta ya tiene un tiempo y no parece haber fructificado.


Hasta aquí los CIWS, pero he prometido que daría una alternativa en BAM y FFG. ¿Qué tienen en común los Meteoro y las Santa María? El montaje Oto Melara 76/62. Y ¿qué podemos hacer para mejorar su capacidad antimisil? Montarles el STRALES.


El STRALES es un sistema que se puede montar en cualquier montaje Oto 76/62, incluso los que llevan años en uso (Leonardo, 2016). Consiste en usar la munición guiada OTO DART y un sistema de guiado por radiofrecuencia que se instala en el propio montaje. Opcionalmente, existe un sistema de carga más moderno que permite subir cualquier disparo de los que se encuentran cargados en el tambor hasta la última etapa de carga. Obviamente, esto requeriría de obras de mayor entidad. Con estos añadidos, el Oto Melara se convierte en un muy capaz sistema antimisil. Su cadencia de 80 dpm es capaz de poner la munición guiada y subcalibrada DART en el aire a 1100 m/s (bastante más rápido que la munición normal) y dispararla a hasta 8 km. La munición, como cabe esperar, tiene espoleta de proximidad, pero durante las pruebas se obtuvieron numerosos impactos directos (Leonardo, 2014), demostrando su precisión. Para nuestros BAM y fragatas Santa María, es muy probable que este sistema resultase mucho más barato y, sobre todo en el caso de los Meteoro, más fácil de instalar, de estimarse necesario.


En resumen, los anfibios y petroleros son los más necesitados de un CIWS, para contar con algún tipo de hardkill. En los BAM, de darse la necesidad de desplegarlos en escenario con amenaza de misil, la opción más interesante es el STRALES. En las Santa María, si se decide hacer una inversión para la década y media de servicio que les queda, creo que también sería la mejor opción. En F100 no lo considero necesario, aunque siempre da tranquilidad tener una capa más de defensa. En F110 es difícil decirlo, ya que no conocemos en detalle el diseño final. Montar un montaje de 76 mm con STRALES habría sido una opción para complementar la —supuesta— falta de celdas, pero se ha decidido instalar uno de 5 pulgadas. Sin embargo, esto también es indicativo. La diferencia del Vulcano con el Mk-45, además de la agilidad y ritmo de fuego, es la munición. La familia de munición Vulcano es capaz de llegar a los 100 km con munición guiada (Leonardo, 2017), aportando una muy importante capacidad de ataque a tierra. Esto parece dejar claro que no hay intención de adquirir misiles de ataque a tierra y que las 16 celdas serán para misiles antiaéreos. Además, de adquirirse estos misiles, lo lógico sería que los lanzasen los barcos con más capacidad, al igual que no tendría sentido, disponiendo de una F110 y una F100, mandar a esta última a un escenario con amenaza submarina. Tenemos que olvidarnos de construir la Estrella de la Muerte. Ni siquiera EE.UU. ha sido capaz.


Hasta aquí las posibles mejoras en hardkill, pero nos queda la opción que, históricamente, se ha demostrado más efectiva. Sin conocer en detalle el funcionamiento de los equipos de guerra electrónica, poco podemos añadir sobre la capacidad de perturbación y engaño, salvo que España debe darle una muy alta prioridad al desarrollo de estos sistemas para que sigan estando a la altura de las cada vez más complejas amenazas.


Por otro lado, muy probablemente ya te imagines lo que voy a proponer ahora. Limitándonos a los señuelos pasivos, estamos descartando una importante capacidad defensiva que, al ser distinta a las otras, pondría más difícil al misil atacante ser capaz de atravesar todas las capas. Es decir, si mi misil antiaéreo no es capaz de derribar el misil entrante, no sirve de nada poder lanzarle diez; sin embargo, si tengo cuatro o cinco capas defensivas distintas, es mucho más difícil que pueda atravesarlas todas. Por eso, de intentar mejorar la capacidad ASMD de los buques de la Armada, mi primera apuesta (antes que todas las que hemos visto más arriba) sería un señuelo activo. La opción clara es el Nulka, aunque se podría buscar otra o, incluso, desarrollarla aquí. El Nulka (y, seguramente, todos los sistemas similares) tiene el inconveniente de que se pierde la ventaja de coste que suele tener el softkill, pero sigue añadiendo otra capa defensiva que, además, podemos considerar más capaz que el chaff tradicional. También sigue siendo un sistema que, aunque caro, no es peligroso de usar, por lo que no requiere todas las seguridades que exigen, por ejemplo, los misiles antiaéreos. Es, sin duda, un sistema mucho menos visible que derribar el misil al cañón o con otro misil y, ya que solo lo que hace ¡pum! está de moda, será difícil convencer a los que no entienden de su importancia y capacidad, pero creo que sería un activo de gran valor.



Hasta aquí mi repaso a la capacidad antimisil de la Armada Española; como siempre, intentando ofrecer un punto de vista distinto y ofreciendo un poco de luz sobre aquellos sistemas más oscuros para que seamos capaces de ver más allá de los vídeos de lanzamiento de misiles con música chula. Espero que te haya gustado y ya sabes que me tienes en redes sociales para lo que quieras.


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Bibliografía:

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