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Trump captura a Maduro: cómo la guerra electrónica allanó el camino

Y por qué las defensas aéreas venezolanas no fueron capaces de impedirlo



Los Night Stalkers del 160th SOAR se han llevado todo el mérito por infiltrarse sin sufrir bajas en plena capital de un territorio hostil. Y con razón. Pero, sin quitarles mérito, hubo otros de los que casi nunca nos acordamos y que llevaban meses preparando el camino.

Antes de que el primer rotor empiece a girar, la batalla ya se ha librado. En silencio. En el espectro electromagnético.



El verdadero campo de batalla

«La supremacía en la guerra pertenece a quien controla la información»

— Sun Tzu—


La guerra electrónica no es vistosa. No suele aparecer en vídeos espectaculares ni en imágenes nocturnas llenas de trazadoras. Y, sin embargo, muchas veces decide el resultado antes del primer disparo.

El espectro electromagnético es un campo de batalla único: solo hay uno y todo el mundo —militar y civil— lo utiliza. Quien no lo controla combate, literalmente, a ciegas. En ese terreno, los F/A-18 modificados para guerra electrónica, los EA-18G Growler, que despegan desde portaviones, son los auténticos campeadores.


En una operación como la inserción de helicópteros en Venezuela, el objetivo inicial no es derribar las defensas —eso daría pistas inmediatas al enemigo—, sino entenderlas: saber qué radares hay, cómo funcionan, cuándo emiten y cómo reaccionan. Los vuelos de semanas y meses previos no solo eran para provocar o para mostrar fuerza.


Escuchar antes de golpear

«El conocimiento precede a la acción»

— Carl von Clausewitz —


En esa primera fase se emplean las medidas de apoyo electrónico (ESM): escuchar sin emitir, interceptar sin delatarse. Auténticas “orejas” que cartografían el entorno electromagnético.


Cada radar tiene su firma: frecuencia, PRF, ancho de pulso, patrón de barrido. No es ruido, es información. Bien procesada, permite identificar el sistema, saber qué puede hacer y dónde está. Esta fase se mezcla con la inteligencia electrónica (ELINT): se construyen bases de datos, se detectan rutinas, se contrastan emisiones. El enemigo cree que todo está tranquilo porque nadie dispara… ni siquiera se acerca.


Pero cada vez que un radar transmite, está hablando. Y alguien está escuchando.

Gracias a esa información se responden preguntas clave: dónde están las defensas, qué potencia tienen, si emiten de forma continua o intermitente, si existen huecos de cobertura. Y, además, se extraen los datos necesarios para atacarlas electrónicamente más adelante: cegarlas o engañarlas.


Por eso, cuando los helicópteros del SOAR llegan sin ser detectados, no es casualidad. Es porque alguien ha trabajado muy bien antes.


Negar el espectro

«En la guerra, la confusión del enemigo es tan valiosa como su destrucción»

— B. H. Liddell Hart —


El día del asalto comienza la segunda fase: negar al enemigo el uso del espectro. Entran en juego las contramedidas electrónicas (ECM): engaño y perturbación.

No se trata de apagar todo. Eso es burdo y fácil de detectar. Se trata de inutilizar lo justo, cuando hace falta y de la forma adecuada. Un radar perturbado no es un radar destruido: es peor. Sigue ahí, pero ya no es fiable.


Sectores cegados, falsos ecos, contactos fantasma, seguimientos que se rompen. El operador empieza a dudar de su propia pantalla. Y en guerra antiaérea, la más rápida de todas, la duda mata.

Mientras tanto, los helicópteros avanzan a baja cota, aprovechando el horizonte radar y reduciendo aún más su detectabilidad. La guerra electrónica, muchas veces, resulta más decisiva que el ataque cinético. No deja cráteres ni escombros, no genera imágenes espectaculares, pero hace desaparecer el control del espacio aéreo durante las horas críticas.


Las explosiones que se vieron esa noche se produjeron allí donde, por la razón que fuera, no se pudo neutralizar el sistema electrónicamente.


Por qué fallaron las defensas aéreas venezolanas

«La tecnología por sí sola no gana batallas»

— Dwight D. Eisenhower —


Toda moneda tiene dos caras. En este caso, también hay que preguntarse qué falló en las defensas aéreas venezolanas. Y no, no es que no se defendieran.

La defensa aérea no es solo tecnología. Es alerta temprana, guerra electrónica, coordinación, adiestramiento y mantenimiento. Sin detección a tiempo, no hay defensa posible.


Venezuela contaba sobre el papel con sistemas avanzados: S-300VM rusos, Buk-M2 y radares chinos JY-27. El problema es que muchos de esos sistemas no se integraban entre sí. Detectar una amenaza sirve de poco si esa información no llega a quien tiene que disparar.


A esto se sumó la presión de la guerra electrónica estadounidense, que saturó y degradó las señales, forzando a algunos sistemas a apagarse o volverse inútiles. Sin alerta temprana, los pocos que vieron algo solo lo hicieron durante segundos. Nadie dispara a un helicóptero desconocido sin saber que está en guerra. Esto no es un videojuego.


Adiestramiento, mantenimiento y alianzas

«Los ejércitos no improvisan la victoria; la entrenan»

— Norman Schwarzkopf —


Además del material, hace falta adiestramiento exhaustivo. Interpretar información en tiempo real y tomar decisiones rápidas solo se aprende entrenando, preferiblemente en ejercicios internacionales con fuerzas que tengan experiencia real. Unas fuerzas armadas aisladas lo tienen muy difícil para alcanzar ese nivel.


El mantenimiento es otro factor clave. Sistemas modernos requieren repuestos, técnicos especializados y cadenas logísticas estables. Las sanciones y las dificultades logísticas redujeron la disponibilidad real de muchos equipos venezolanos.

Integrar sistemas de distintas procedencias —rusos y chinos— añade aún más complejidad. La defensa por capas solo funciona si hay coordinación total: detección, identificación, seguimiento y enfrentamiento deben fluir sin fricciones.


La operación Absolute Resolve supo explotar precisamente esas grietas: falta de integración, escaso entrenamiento conjunto y problemas de mantenimiento.


Sí hubo defensa

«Que una defensa fracase no significa que no haya existido»

— Michael Howard —


Conviene subrayarlo: las fuerzas venezolanas sí se defendieron. Hubo fuego contra helicópteros estadounidenses, un aparato fue alcanzado y se produjeron bajas y pérdidas de material, incluidos radares y baterías antiaéreas. Si hubiera existido una orden general de no defenderse, ya se habría filtrado. Demasiada gente implicada para mantener ese silencio.


Lo que falló no fue la voluntad, sino el sistema en su conjunto.


El campo de batalla del siglo XXI

«La próxima guerra se decidirá antes de que el primer disparo sea efectuado»

— James Mattis —


La guerra electrónica no busca espectáculo. Busca asimetría: que uno vea y el otro no, que uno entienda y el otro solo intuya. Si seguimos analizando la guerra únicamente desde misiles, aviones o blindados, estaremos ignorando el verdadero campo de batalla del siglo XXI.


Quien domina el espectro electromagnético no solo combate mejor: decide cuándo y cómo se combate.



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